martes, 14 de junio de 2011

La Vaca que subió a la Montaña. 1ª Parte.

    Primera Parte.
         - ¡Yeeeeepaaa! ¡Trrrrrr! ¡Trrrrr! ¡Amoschicaaaaaa, chicaaaaa! ¡Tuuuuuuusaa! – se escuchó al fondo del prado.
            Remigia,alzó lentamente la mirada y, mientras rumiaba unos hierbajos, meneó la cabeza.
            -De verdad, estos humanos... No me extraña que no se entiendan.
            -Toda la razón, Remi, toda la razón. Así están, todo el día enfadados.
Fíjateque el otro día, Robusta y yo estuvimos hablando...—y ésa era Roncada, debidosu nombre a los mugidos, no de calidad, sino por su cantidad, pues se pasaba eldía y parte de la noche mugiendo y más mugiendo. Y claro, se quedaba ronca...Si alguien quería saber cuanta leche le habían sacado a Ronalda, se lo decíaRoncada. Si el interés estaba en la salud de Rotunda, se le preguntaba aRoncada. ¿Qué quién había rumiado de más? A Roncada. En fin, Roncada era elnoticiero del prado y su hija Cotilla le iba a la zaga.
            -Pues a mi me ha dicho Cortada, que su madre Rodada le ha dicho que es que lospobres humanos no se entienden entre sí, por eso se gritan tanto...
            -Tua callar—le dijo Roncada—Y vete a jugar con Cortada, Carpanta y Cleopatra.
            -Mmmmuuu...—DijoCotilla por lo bajini.
            -¿Qué?¿Cómo has dicho? ¿Muu? ¡Habrase visto! ¡Descarada!
            YCotilla, tras su ofensivo “muu” había salido al trote saltarín.
   
     
            -¡Laaalavacaaa! ¡Trrrrrr! Cheeeca,cheeca...—seguía acercándose el granjero.
            -De verdad, este tío... ¿No se puede callar un rato?—dijo mientras se acercabaRemilgada.
            -Puesviene directo...-apreció Remigia
            -¡Tuuuuuuusaa, Remiiiiiiigiaaaaaa! ¡Empacaaa!
            -Buenoooo—murmuro Remilgada
            -Ya te toca, cariño –le informó Roncada.
            -Y a ver con quien...—se resigno Remigia.
            -Ya sabes cariño, lo que dicen: Valor y al... –insinuó Remilgada.
            -Tuitititi—dijo el granjero dando con la vara a las compañeras de Remi.
            -Será idiota—protestó Remilgada.
            -Le daba o con el palo largo ese...—comentó Roncada separándose.
            -Amos bonicaa, mpasarloiennn, titititituii—le daba a Remi guiándola fuera de lacerca hacia la granja.
           
            Sellevaron a Remi fuera del prado y sabía perfectamente para qué: Le tocaba aella añadir una generación al prado.
            Elgranjero la condujo por el camino y la llevó a otro cerco, situado justo allado de la destartalada y vieja casona de la granja. Allí, en una esquina, conla cabeza agachada, esperaba un toro negro, pero que muy negro. Y ella, lapobre, toda blanca ella. Aquél que inventó las vacas y los toros, ahora loentiendo, tenía un propósito, pero tampoco se pensó mucho el asunto: Toronegro, azabache, carbón, zaino, pero siempre oscuro, muy oscuro. La vaca...marfil, hueso, clareo, pero siempre blanca, blanca blanquísima. Con lo sucioque es el blanco, como siempre decía Rescatada.
            Pueseso, dejando al toro todo negro él y a la Remi, toda blanca la pobre, en tan románticasituación, gritando:
            -¡Ala,torolotuyoooo!—se fue tan tranquilo el tío.

            LaRemi se quedó allí mismo y comenzó a rumiar distraídamente, como siempre, unmatojo de cardos, ¡con lo indigestos que son! El toro negro, en la otraesquina, quietoparado, no giraba la cabeza ni levantaba el morro que escondíaentre sus pezuñas. Así estuvieron cerca de dos horas. Al cabo, La Remi, algodesconcertada, miro al toro. Este, que se sintió observado, bajó aún más suscuernos. Con paso lento y discreto, la Remi se acercó uno poco.
            -¿Y bien? –preguntó la Remi algo molesta. El toro, dando tres pequeños pasos, seescondió todavía aún más. –¿Y a ti qué te pasa? –preguntó—déjame verte la cara,que ni siquiera sé quién eres.
            -Gallardo—murmuró el tímido y negro toro.
            -¿Cómo? –insistió nuestra blanquísima Remi.
            -Gallardo—repitió casi inaudible.
            -¿Qué?¿Quieres hablar más alto, toro?—y el pobre Gallardo, levantando un poco latesta y mirando de reojo a la Remi, repitió:
            -¿Gallardo? ¡Venga ya! ¿El Gallardo que se pasa el día mugiendo como un bravucóna los demás toros? ¿El que está siempre coceando tierra y presumiendo delantede nosotras?
            -S... s... si—dijo avergonzado.
            -¡Ja! ¿Y ahora que te pasa?
            -N...n... nada—dijo mirando de reojo nuestro vergonzoso, tímido, presumido y negrotoro.
            -¿Es que tienes vergüenza?
            -No, no... Bueno... un poco
            -¡Anda! Mira tú el bravucón este... ¿Y tu vas a ser el padre de mi Clotilde? Ay,tantos años deseando a mi pequeña... ¡Vaya, espero que tengas otras virtudes!,que mi pequeña va a ser la más guapa y educada de la comarca, así que ya estásespabilando, ¿me escuchas? A ver, ¿por qué tienes vergüenza?
            -Pues...—nuestro negrísimo, tímido, vergonzoso y presumido Gallardo, algocohibido, no sabía como explicarse—es que... tu... me gustas mucho...—y laRemi, todo lo blanca que era ella, de pronto, pareció volverse rosa. ViéndolaGallardo, se envalentonó algo.
            -La tierra la coceo por ti—y a la blanca o rosa Remi se le quedaron las orejasgachas.
            -A pues...—intentó decir—pues a mi siempre... tu... tienes unas patas delanteras...que me gustan mucho...

            Deesta forma, algo que parecía muy poco romántico en sus inicios, se convirtió enuna escena bendecida por los ángeles sonrientes. Dos semanas se paso la Remivisitando el cercó donde le esperaban los cuartos delanteros mas musculosos delprado, según ella, claro. Cada día que se añadía a ese volátil tiempo resultabael  momento más esperado e ilusionado porla Remi y el Gallardo. Los primeros días, a la luz púrpura de la vergüenza, secontemplaban de reojo sin atreverse a ser descubiertos, bueno, eso es mentira,si que deseaban ser descubiertos, porque no se engañen, el amor tiene mucho deengaño. ¡Oh! Disculpa que he tropezado con tu pezuña... ¡Ay! Que torpe soy quete di con mi cola... En fin, engaño, lo que digo. Engaño y vergüenza esosprimeros días hasta que, llegado un momento, uno de los enamorados aguanta lamirada y el otro la aguanta también, y se paran bajo el rojo atardecer, y sedudan y se acercan y, de pronto, con un rayo de alguna estrella misteriosa ylejana, con alguna brisa elevada desde algún misterioso y lejano lugar, losenamorados entrelazan sus cuellos y en el silencio de no sé qué lejano ymisterioso hechizo, ninguno atina a decir una palabra, ni deseos que tienen, yallí se quedan con el querer, pues esa es la definitiva definición del amor.Si, animales míos, el amor es esa magia capaz de provocar que un toro negro ybravucón y una vaca blanca y decidida mantenga un silencio eterno ante unsimple entrelazado de cuellos.
            Yllegaron esos últimos días, pues siempre los hay, en donde se cierne sobre elamor las vallas de los extraños seres que nadie comprende, empeñados en separaresos cuellos inseparables ya. Pues sí, después de dos semanas donde cada nochevivían pequeñas punzadas de dolor al ser llevados cada uno a su cerca hasta eldía siguiente, llegó el fatídico momento en que esa empecinada valla se quisohacer notar en las vidas de Remi y Gallardo. Esa noche, la ultima, ninguno dijonada, tan solo se miraron y remiraron mientras con pasos lentos recorrían, cadauno a un lado de la estúpida valla, eran conducidos por el limitado granjero asu lugar en la cerca. ¡Como si nuestro lugar tuviera algo que ver con un montónde tierra y hierba!

            ¡Ah,pobres granjeros con sus vallas! Dejémosles que en aquel prado, aun con cercaso con lo que quieran, algo ya estaba en camino...

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